Tres gamberros atacaron a una chica indefensa, intentaron robarla y estaban convencidos de que era simplemente una víctima asustada y sin ayuda. Pero no podían ni imaginar lo que ocurriría un minuto después.

¿Atacar a una chica indefensa? Eso creían ellos.
La mañana en el parque era tranquila y cálida. Verónica terminó su carrera, se detuvo en un sendero lateral e intentó recuperar el aliento. El entrenamiento había sido duro, pero agradable. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, una fina cadena de oro alrededor del cuello y un reloj deportivo en la muñeca. Le encantaban esos raros fines de semana en los que podía estar sola.
El callejón estaba casi vacío. El aire húmedo después de la lluvia nocturna olía a hojas y a frescura. Verónica estaba a punto de dirigirse a la salida cuando oyó de repente el rugido de motores detrás de ella.
Tres motocicletas doblaron la esquina y se detuvieron justo frente a ella. Tres tipos musculosos saltaron de ellas. Chándales baratos, tatuajes en los brazos y el cuello, sonrisas descaradas.
El líder dio un paso al frente y la recorrió de arriba abajo con la mirada.
—Entonces, belleza, ¿sales a pasear sola? —dijo arrastrando las palabras con una sonrisa.
—¿Ese teléfono es caro? Dámelo, así no lo rompes.
Verónica guardó silencio. Su rostro estaba serio, pero en sus ojos se notaba la tensión.
El segundo tipo caminó a su alrededor.
—Mira qué a la moda va. Buen reloj. La cadena brilla. Parece que tiene cosas que quitarle.
—No tiemble, seremos cuidadosos —añadió el tercero y soltó una risa baja.
Estaban demasiado cerca, bloqueándole cualquier vía de escape.
—Entiendes, ¿verdad, que aquí no hay ayuda? —dijo el líder—. Entrégalo todo tranquilamente y sigue tu camino.
—¿O qué? —preguntó Verónica con calma, intentando mantener la voz firme.
Los chicos se intercambiaron miradas.
—Si no, será desagradable —respondió uno—. No nos gusta que la gente discuta con nosotros.
Se rieron, charlando entre ellos, comentando sobre su teléfono, sus zapatillas, su collar. Uno incluso acercó la mano a su hombro, como probando su miedo.
Veían ante ellos simplemente a una mujer sola e indefensa después de entrenar.
Pero no sabían lo que ocurriría un minuto después.
El líder dio un paso más y se inclinó hacia ella.
—Entonces, ¿me lo das fácil o vamos a explicarlo?
Verónica lo miró con atención. Sin gritos, sin pánico. Solo tensión en sus ojos y una expresión fría y concentrada.
—¿De verdad crees que esto es una buena idea? —preguntó en voz baja.
Los chicos se miraron y se rieron.
—¿Escuchaste eso? Nos está asustando.
—Chica, ¿te das cuenta de con quién estás hablando?
—Aquí no hay nadie. Solo tú y yo.
Verónica de repente sonrió.
—Exactamente. Solo tú y yo.
Uno de ellos se quedó paralizado.
—¿Por qué sonríes?
—Porque no tienes idea en lo que te has metido —respondió ella.
El líder dio un paso al frente, irritado.
—Deja de fingir. El teléfono y la cadena. Ahora.
Y en ese momento, desde la curva del callejón, entre las sombras de los árboles, dos hombres grandes surgieron lentamente. Eran los guardaespaldas de la chica. Altos, vestidos de negro, con rostros fríos. Se movían con calma, sin alboroto, pero su andar transmitía poder.
Los gamberros no tenían idea de que acababan de intentar robar a la hija de uno de los hombres más ricos.
Los chicos se dieron la vuelta.
—¿Quiénes son esos?
Uno de los guardias se acercó y dijo con tono cortante:
—¿Problemas?
Verónica ni siquiera se volvió.
—Ya no —respondió con calma.
Las sonrisas desaparecieron de los rostros de los chicos.







